Me ardía la piel y no quería
parecer una mujer desmayada.
Fue entonces cuando encontré
el chico del carrito con helados.
Corrí abriendo la cartera.
Gritaba que quería un helado.
Me colé delante de la suegra
de mi mejor amiga de la clase.
El chico me regaló el segundo
y no quiso cobrarme ni un centavo.
Decía que estaba ayudándome
en mi desierto desolado.
Comí mi helado y el segundo.
Quedé más fresca que un pescado.
¡Qué dulce está mi paladar!
Mi lengua ya lo está cantando.
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