Me puse a remojo
en el Mar Rojo
y sentí la sal
mordiéndome la carne.
Te besé y sabías
a sal y a mar
y también a final.
Dejé que me besaras.
Dejé que me tocaras.
Dejé que me hablaras.
Y yo no dije nada
sabiendo que aquello
era un adiós y nada.
El Tinder fue el culpable
de un doble pecado.
Hoy yo te lo confieso.
Hoy tú no dices nada.
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