Era un hombre
de culo inquieto,
sonrisa ingénua,
cara de bueno.
Nadaba solo.
Nadaba menos.
Un día vio
a su sirena
entre las aguas
mansas y quietas.
Era una niña
de largas trenzas,
reía mucho,
hablaba menos.
Le dijo hola.
Contestó riendo:
ya soy mayor
aunque repita
por un suspenso.
Pasó el verano
y aun siguieron
hasta que un día
vieron los celos.
Ella se iba
con sus amigos
a la verbena.
Él se quedaba
solo en la casa
con sus fantasmas
de lo que no era.
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