Nunca hubo más condones
en el contenedor amarillo
que guardaba el silencio
de nuestras noches sin hijos.
Iban pasando las lunas,
iban volviendo los días,
seguíamos tú y yo
con una cuna de mimbre
a la derecha esperando
los llantos del primer hijo.
Pronto vino el adiós
a la juventud un día.
Me miré en el espejo
y vi mi pelo blanquísimo.
Tú viste en tu espejo
una cabeza distinta
que salía afeitada
por las feroces cuchillas.
La cuna siguió meciendo
los sueños del primer hijo
que evitaron los condones
que sabían a fresitas.
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