Ardía Madrid
y te vi
yo a ti
con una manguera de bombero
mojando la cosecha sin venir.
Disfrazabas tu cuerpo con el traje
que escondía un adonis cincelado
a golpe de gimnasio de mañana.
Escondías tu voz con el silencio.
Escuchabas mi voz sin hacer caso.
Te ofrecí un descanso en mi casa
huyendo del incendio y del trabajo.
Ni caso.
Seguiste con tu manguera remojando
un suelo marrón que Dios manchaba
de fuego y de cenizas encendidas.
Seguiste en el pasto de las llamas.
Seguí ofreciéndote un oasis.
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